Vivo en un barrio humilde donde se mezclan laburante, subsidiados, dueños de lo ajeno, jubilados y alguna que otra "categoría" que escapa hoy a mi memoria. Un barrio con gente que a diario labura pensando en crecer (algunos aquí mismo...muchos otros para salir de aquí); donde sobran los "inertes" a los que la vida simplemente les sucede y poco hacen en ese "mientras tanto"; donde algunos (cada vez más desafortunadamente) mamaron desde la cuna el concepto de que se puede vivir sin producir nada pues es más simple adueñarse de lo que otros producen. Sin embargo, es un lugar donde se vive con cierta tranquilidad... PERDÓN...debo corregir el tiempo verbal...VIVÍA, es ese barrio supuestamente tranquilo.
Hasta que el martes...dos alimañas motorizadas consideraron que era tiempo de hacernos caer en esa realidad que sólo escuchábamos pero que aún no había dado su coletazo. Una noche de martes que caía pesadamente como la fina llovizna...clima ideal para "trabajar" al acecho. La víctima, Diego, mi esposo, que cerca de las diez de la noche llegaba de trabajar en su moto de una de las escuelas.
Un segundo, un portín que se abre, una mano en el hombro, un arma...otra vez el arma...y solo el arma. Solo pudo focalizar su mirada en eso...y a duras penas entender el contexto: dos sujetos, una moto, cascos, gritos, insultos y...el arma.
Los "laburantes de la noche", esos que sólo saben vivir de lo ajeno sin ningún tipo de vergüenza, primero pidieron la moto, luego la mochila y lógicamente el celular y la billetera. Claro, no eran nada gentiles, ni educados, ni pacientes...y otra vez el arma volando de un lado a otro.
Lo tenían todo, eso que tanto esfuerzo nos había costado...cuando de pronto el gritó se escuchó a unos metros...como en esas películas del Lejano Oeste donde el cowboy valiente aparece en la cima de la montaña cargando su legendario rifle para dar cierre a un cuadro siniestro y rescatar al hostigado. Y ojo, el paralelismo no está tan errado pues si lo pienso aquí se vive (como en tantos barrios de nuestra ciudad) como en el Lejano Oeste, con el cuchillo entre los dientes y la autoridad adormecida.
"Frenate ahí o te quemo" se escuchó en la noche mientras nuestro cowboy/vecino atinaba a buscar un arma en su cintura (minutos después descubriríamos que no tenía nada...solo dotes de buen actor). "Frenate cu..." se escuchó de nuevo y eso bastó (increíblemente) para que quien ya estaba montado en la moto, regodeándose de su buena suerte (lindo trabajito como para arrancar la noche) se viera aturdido y ante la confusión optara - por suerte- por saltar abruptamente correr hacia su "colega" y huir raudamente mientras intentaba no perder el resto del botín. No dejo de pensar en la segunda reacción posible: podría haber girado su brazo y sencillamente disparar...afortunadamente, no lo hizo. Segundos después el miedo quedaría flotando alrededor de Diego... y aún hoy, cómodo al parecer con nuestra compañía se niega a abandonarnos.
Me niego rotundamente a agradecer que no lo golpearon. Me niego rotundamente a agradecer que no dispararon. No puedo, no me sale, no lo siento así. Se que lo perdido va y viene pero nadie nos quita como familia esta macabra sensación que se siente cuando te arrebatan uno de los vienen más preciados : LA TRANQUILIDAD.
Vivía en un barrio humilde, ese barrio que mis viejos eligieron 36 años atrás cuando no eran más que cuatro casas. Ese barrio que imaginaron próspero y de gente trabajadora que poco a poco y peso a peso harían que el progreso fuera una sana comunión entre los vecinos. Lástima, les falló el instinto...y nos ganó la desilusión.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario